Desde Efecto Me, la lucha sigue, una sociedad feminista no puede ser de otra manera. Este año y teniendo en cuenta esta pandemia que ha hecho de jaula saldremos a protestar y volar a través del arte, el autocuidado, parar y no dejar de luchar por la Equidad. Gracias a nuestras antedecesoras y gracias a cada una de nosotras que nos merecemos un lugar de respeto, hoy encenderé también una vela; os invito a juntar energía y luz conmigo para las que ya no están.

Especial agradecimiento a la colaboración de artistas y compañeras de camino que usamos el arte para darle voz a nuestras emociones y encontrar nuestro lugar en este mundo.

Gracias por tanto.




16 cosas a recordar cuando te mires al espejo

  1. Cuando lo que te rodea es confuso, baja revoluciones, cuídate, simplifica. Simplifica pensamientos, gente con la que quedar, lugares a los que ir.
  2. Fíjate en la naturaleza. Ciertas hojas deben caer, la tormenta acaba descargando, el río fluye, la primavera siempre vuelve.
  3. Siéntete cómoda en tu propia piel y no pidas perdón por ser quién eres. Conócete, escúchate y sé muy sincera con lo que hay- y lo que no -dentro de ti y fuera.
  4. Te sentirás incómoda en la vida. A veces porque el contexto que te rodea es complicado, a veces porque la gente que te rodea está incómoda con quienes son, a veces porque tú te sentirás incómoda con quién eres. Pero lo que nos rodea, esa realidad, no es estática ni intransmutable. Tienes el poder de influir en ella. Lo que tú creas, eso crearás.
  5. Acéptate.
  6. Háblate siempre con mucho amorsito.
  7. Así como tu te pienses así te relacionarás con el otro.
  8. Siempre habrá gente que criticará y juzgará. Entiende que no va de ti. Va de ellos, de cómo ven el mundo. Desde la separación.
  9. Protege tu energía.
  10. Para proteger tu energía tienes primero que ser consciente de ella. Para ello tienes una herramienta muy poderosa, tu cuerpo.
  11. Tu cuerpo como emisor y receptor. Fíjate en qué pone la atención la gente, cuál es el tono en el que hablan, qué dicen las posturas de sus cuerpos. Ahí va información.
  12. Tu cuerpo es tuyo. Cuídalo sin caer en la esclavitud. Úsalo de todas las maneras posibles.
  13. Muévelo.
  14. Conoce qué te sienta bien: personas, alimentos, hábitos, pensamientos. Maximiza esto.
  15. Rodéate siempre de música. Que la vida sea como una danza. Un camino de ida y vuelta.
  16. Respira.

Julia Fernández @decasasfernandezjulia




“I love you” – Billie Eilish

Es una canción sobre una chica que sale de una relación tóxica y a pesar de haber sufrido, sigue queriendo a esa persona y echándola de menos.

Muestra a una mujer vulnerable pero no por eso menos valiente. Ha dado el paso para salir del sufrimiento, y tú también puedes.

Sigamos luchando, chicas👏👏👏

Olivia Aguirre @olivia_aguirre




Raquel @oxacilina




Carolina Otero @otero_belmar_carolina




Violeta Gil @violeta__gil__




Ana Blázquez @ana.sexologa




Ángela Segovia @angela.segoviasoriano




En Arteterapia trabajamos la conciencia y el respeto desde la infancia. No es tan difícil.
Cuadro realizado en taller de Arteterapia en 2018.







Cristina Gallego ❤️ @zumodehumo




Claudia Piqueras




Alba Tattoo @lady_gi_tattoo

Amiga y gran profesional, sabe pintar la piel y el alma




ESTE NO ES UN POEMA FEMINISTA

Este no es un poema feminista, amigo mío.
No te vayas.

Como eres músico y retratista-contable,
te interesará la historia de la historia del espanto
de un cuerpo de círculos y rosas,
reprimido largo tiempo
tras cortinas
y uniforme.

No sé cuándo comenzó el pánico.
En algunas orgías lo pasamos bien (si “bien”
es no llegar a desgarrarse y desmayarse
en la anonimia de los usados). “Bien”
es la astucia
del olvido:

el placer

no estaba planeado: siempre nos descubría
desde el azar desnudo: no era una técnica
ni valía la pena acoplar el del otro.

Tenían mucha prisa.

Pero cuando por fin nos hicimos sedentarios y burgueses
y comenzamos a cultivar en la tierra numerosos colores
y comenzamos a parir en la tierra bienes de inversión
a los que dimos el nombre de hijos e hijas

nos vinieron con el cuento de que no teníamos alma.

Amigo mío, no te rías: no teníamos alma.

Al principio, amigo mío, no teníamos alma:
mal-éramos vasijas con pulcrísimas piernas,
mamíferas-damas-hormonas de melosos pezones,
administradoras (la fantasía de las secretarias les viene de antiguo),
mulas, serpientes.

Luego, tampoco teníamos deseo.
Pues no tienen deseo los lagartos ni los bebés lactantes
(aunque, caramba, las muy frescas hetairas –adjudicadas
según broqueles y platas − sí sabían
charlar sensualmente de literatura y astrología).

Puesto que, amigo mío, tampoco teníamos deseo
los hombres llegaron a pensarse
que fornicaban con “pájaros”

(objetos decorativos a veces, y siempre
tan tentadores
con esos tobillos de uva);

no, por supuesto, con mujeres vivas
−rodajas
de antiguas canciones−;

aunque un destello de furia y ansia en un ojo
de una joven doncella
tras una violación
una vez,
a uno,
le hizo dudar (moderadamente)
de la tesis de la inexistencia del corazón femenino no-de-madre.

Después, amigo mío, pasaron los agridulces años del escarmiento
y, sin más retraso, nos concedieron el honor de tener alma
−si bien, como contrapartida, poseída por el diablo−:

mal-éramos labios rojísimos-redes-de-pecados-terribles,
inútiles, arpías, lloricas, caprichosas
(unas fueron esposas y otras cortesanas: así, así
se dividió el mundo de las pobres vaginas):

si tú supieras, amigo mío:
un corsé con lazos diminutos
como garrapatas henchidas de bilis
nos aplastaba el pecho agrietado, y vivíamos
en balcones cerrados, detrás de abanicos
con estampas religiosas de vírgenes blancas.

Eran los tiempos del amor cortés,
de la concatenación de rosarios en la concatenación de días fútiles:
yo no podía besar al que quería, y si por caridad
conmigo misma
me saltaba
todas las conveniencias prácticas
y normas morales de la Ciudad de Dios
y él osaba entrar por el gran ventanal del carcelero,
él, o cualquier otro,
él, a mi cuerpo malva o blanquecino,
ni siquiera sabía encontrar mi boca.

Ni siquiera podía darme eso.

Y más tarde, amigo mío…
¡por una vez que nos masturbamos
mutuamente
nos llamaron brujas!
A mi amada le quemaron el muslo con cartílagos
de bestias
mitológicas,
y a mí, sin ir más lejos, me expulsaron del colegio.

Luego, cuando las primeras “emancipaciones”
en Londres y París y otras ciudades así tan de indigentes-en-masa
(importaba más tener hambre que ser muchacha:
ya lo decían las marxistas primeras),
tuvimos envidia del pene −una envidia muy seria
y profunda, una envidia de dentro−,
y, lo más grave,
una enfermedad rarísima llamada histeria
(que nos diagnosticaron con un sismógrafo).

Nos desmayábamos, lloriqueábamos,
sentíamos vértigo y picor y frío,
y poseíamos, según los informes más doctos,
una curiosísima y sintomática –de algo horripilante:
estar en el mundo–
“tendencia a causar problemas”.

(Más tarde, mucho más tarde, tardísimo,
de nuevo en París, esto se denominó “vacío existencial”
y resultó también afectar a los testículos).

(Allí te conocí, amigo mío,
cuando el cuerpo era axiomático lugar de recreo;
también campos de flores azules y pequeñas,
donde aprendimos a jugar a volley.)

Este no es un poema feminista, amigo mío.
Sólo tienes que saber que no siempre deambulé
alegre
por las calles.
En otra época roja, en otro lugar gris
todavía,
jamás podrías haberme perseguido
con la voz de la lujuria equitativa
ni yo podría haberte jamás rozado el brazo
con mi brazo.

No te vayas: sigue así, amigo mío.
Me gusta lo que haces con tu tiempo.

Berta García Faet




A mí siempre me ha gustado ayudar a las mujeres a sentirse con buena autoestima, este trabajo me acerca a la parte femenina y a entender que somos indiscutiblemente y arrebatadoramente no perfectas.

Mónica Roldán @_monicaroldan




Gloria Estaca Web

Gran profesional, su arte reside en la ginecología, acompañándonos a diario a muchas mujeres desde un cuidado amoroso y lleno de conciencia.




Violeta Varth

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